Nos Gusta

l papel de los hombres en la lucha de las mujeres por derechos civiles, reproductivos, laborales, etc., siempre me ha parecido sumamente sospechoso; es como si el jefe de la fábrica se involucrara en la huelga de los trabajadores por mejores prestaciones laborales: éticamente es su deber, pero puede existir un claro conflicto de intereses.

En el entorno sociopolítico en el que vivimos actualmente, ese conflicto de intereses se llama pacto patriarcal. Este pacto no es otra cosa que la espontánea identificación de los hombres con otros hombres; un ejemplo sencillo es que, cuando una mujer denuncia que sufrió acoso o violencia por parte de un hombre, otros hombres inmediatamente se sienten con el derecho a cuestionar las motivaciones de la mujer para realizar esa denuncia; se sienten directamente implicados en ella, como si el “honor” del hombre denunciado pusiera en entredicho el honor de todos los demás hombres.

En el contexto de Tuiter, ese conflicto de intereses se ha cobijado bajo el pseudo-argumento paraguas #NotAllMen (no todos los hombres): no todos los hombres son violadores, no todos son acosadores sexuales, no todos fiscalizan el cuerpo de su pareja ni su decisión de tener más de una pareja sexual, no todos revisan sus dispositivos electrónicos y no todos le impiden ver a sus hijos — pero existen muchos hombres que lo hacen.

Cada vez que aparece un hashtag o una iniciativa para visibilizar alguno de los muchos tipos de violencia contra las mujeres (como #MiPrimerAcoso, #MeToo, o el reciente #YoNoDenuncioPorque), veo entre mis amigas y conocidas una enorme cantidad de comentarios no solicitados, muchas veces de hombres, donde más que producir empatía o hacerlas sentir escuchadas, se les revictimiza, se les hace objeto de burlas o escarnio, o con la mayor desfachatez, se les mansplica por qué la violencia que dicen sufrir no es tal.

¿Por qué a los hombres nos molesta que una mujer denuncie a uno de nosotros, por qué nos lo tomamos tan personal? ¿Por qué la empatía de los hombres de inmediato se coloca del lado del opresor en lugar del de la denunciante?

Porque históricamente, los hombres hemos sido educados para comportarnos como una masa homogénea, con objetivos bien claros, que no son otros que la hegemonía en todos los órdenes de la sociedad.

2. En la cultura griega clásica, el fin de la enseñanza masculina (paideia) era la producción de areté [excelencia], un término difícil de traducir, pero que implica lo que hoy entendemos como virtudes masculinas tradicionales: la valentía en combate, el ingenio, la inteligencia al servicio de una causa común, y que deriva en el honor público (que va de la mano con el derecho a ejercer la palabra en público, es decir, a hacer política), el cual se consigue solamente mediante el reconocimiento de los pares. Así, en Ilíada, Aquiles no enfurece solamente porque Agamenón le confisque a Briseida (objetificada como parte de su legítimo botín de guerra), sino porque le niega la areté, lo cual, según la visión del mundo de la época homérica, es peor que la muerte. Cabe mencionar que la areté es una virtud exclusivamente masculina, pues las mujeres ni siquiera tenían acceso a la educación (paideia) en los mismos términos que los hombres.

Por brevedad, voy a hacer una elipsis de las virtudes caballerescas de la Edad Media, pero señalaré solamente que la idea del “caballero” (derivado de una visión de mundo militarista y feudal) sigue muy viva en el imaginario masculino. Tampoco es posible extenderse sobre cómo la Ilustración — tratando de desentenderse de la moral cristiana — identificó el uso de la razón con el ejercicio público de la palabra (masculina), y relegó las emociones al campo de lo femenino. Así, ellos fueron desde entonces los razonables, los fuertes y valientes, y ellas las histéricas, las incontrolables, las que deben permanecer siempre al cuidado de un hombre (el padre primero, después el esposo), y que por descontado carecían de las virtudes (vir, hombre) necesarias para ejercer la palabra en público, para hacer política, mucho menos para ser sujeto de derechos, como el de propiedad.

Y el asunto de la propiedad es importante para entender cómo opera el pacto patriarcal. He visto a muchos amigos y colegas hombres, a quienes admiraba hasta hace poco, mostrarse hartos de que esas malditas feminazis quisieran meter el patriarcado y el heteropatriarcado hasta en la sopa. ¿Pero dónde está ese “patriarcado”, dicen? ¿Por qué lo culpan de todo? ¿Por qué no se hacen responsables? Bueno, porque como nos recuerda Engels, no es gratuito que la propiedad privada, la monogamia y la esclavitud hayan surgido en las mismas condiciones históricas: el matrimonio sindiásmico (un marido, muchas esposas) tuvo que dar paso a la familia monogámica para dar certeza de la paternidad de los hijos, de los cuales, solamente los varones podían heredar la propiedad familiar. El patriarcado no es sino el sistema en que se basan todas las civilizaciones después de la “barbarie” de la Edad de Piedra: un sistema (es decir, una serie de dispositivos de poder y sistematización) destinado a asegurar esa certeza de la paternidad a los hombres.

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